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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Informe // Espacio Andaluz de Creación Contemporánea / C4




1. Génesis
En noviembre de 2003 Manuel Chaves, Presidente de la Junta de Andalucía, en una reunión celebrada en el Alcázar de Córdoba con la Comisión Especial para la Capitalidad Cultural, se comprometió a construir en Córdoba un Centro de arte.
Un mes más tarde la Consejera de Cultura, Carmen Calvo, tuvo un encuentro con la Alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, en el que solicitó al Ayuntamiento la cesión de los terrenos para la construcción del denominado entonces Centro del Arte y de la Imagen de Córdoba (Caico). Tras la reunión Calvo anunció que este Centro sería construido entre los años 2005 y 2007.
Conviene recordar que en las elecciones municipales celebradas en mayo de ese mismo año, IU incluyó en su programa como proyecto estrella convertir el Silo en "contenedor cultural". El PSOE, por su parte, había prometido la construcción de un Centro de Arte. Al compartir ambos partidos la gestión municipal, los dos proyectos, con diferencias notables, se mantenían en la perspectiva política.
2. Una Comisión y dos solares
En febrero de 2004 la Consejería de Cultura creó una "Comisión de Expertos", en la que figuraron dos arquitectos, tres artistas, un crítico de arte y representantes de la propia Consejería, a los que se unieron dos personas más: un gestor cultural y un arquitecto sevillano. La tarea de esta Comisión: determinar cuál de los dos solares ofertados por el Ayuntamiento de Córdoba era el más idóneo para la ubicación del Centro de arte. La prensa local publicó que esa Comisión avanzaría igualmente el programa de usos que tendría el Caico, pero la realidad es que, aunque en las reuniones se debatió sobre los posibles contenidos e incluso uno de los participantes elaboró un conjunto de reflexiones, este informe no se distribuyó al resto de integrantes y la Consejería se limitó a que la Comisión emitiera su opinión exclusivamente sobre la ubicación del Centro.
Los dos solares inicialmente ofertados se localizaban uno en el entorno de Cercadilla y el otro en el Plan Renfe 1, próximo al chimeneón. Este último, con una superficie de 5.658 metros cuadrados, era por el que claramente se decantaba la entonces directora general de Instituciones del Patrimonio Histórico, María del Mar Villafranca, que presidía la Comisión, alegando en contra del de Cercadilla la posibilidad de hallazgos arqueológicos. La Comisión expresó sus reservas ante ambos solares, achacándoles su falta de visibilidad urbana y los problemas de accesibilidad.

La falta de concreción sobre el Centro por parte de la Junta de Andalucía era más que evidente como se puso de manifiesto en unas declaraciones a la prensa  en las que la directora general de Instituciones del Patrimonio Histórico sostenía que el futuro Centro tenía que ser "un lugar de agitación cultural”, que “no sólo servirá para traer exposiciones nacionales e internacionales de relevancia, sino también para proyectar esas referencias y para generar la creación”.
Ante el avance del Caico, Manuel Pérez, responsable municipal del Proyecto Córdoba 2016, descartaba en marzo de de 2004 que la ciudad precisara de tres equipamientos culturales convergentes. El descarte tenía visos de sensatez pero en el fondo lo que encubría era el desligamiento del Ayuntamiento (IU y PSOE) de sus promesas electorales, pasando la responsabilidad a la Junta de Andalucía.
3. Hace falta que algo cambie para que todo siga igual
En mayo de 2004 y desde el grupo municipal socialista en el Ayuntamiento de Córdoba se planteó la propuesta de ubicar el Caico en la zona del Hotel Meliá. El emplazamiento  contaba con la centralidad y relevancia urbana necesarias pero el problema lo planteaba la propiedad privada de parte del suelo ocupado por el antiguo hotel, lo que hubiera llevado a una operación de reversión pública con la considerable demora de tiempo y el añadido del gasto económico. Esta propuesta coincidió con un relevo en la dirección de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Carmen Calvo, Ministra de Cultura en el gobierno de Rodríguez Zapatero, fue sustituida por Rosario Torres. El cambio de consejera supuso a su vez el nombramiento de Mercedes Mudarra como Delegada provincial de la Consejería. Seguía gobernando el mismo partido político, pero los gestores eran otros.
Tras cinco meses sin actividad, la Comisión de expertos fue convocada para su tercera reunión en noviembre de 2004. Sin propuestas concretas de nuevos suelos por parte del Ayuntamiento, la Comisión analizó el encaje del Centro en diferentes zonas urbanas, decantándose finalmente por el entorno de la ribera y más concretamente por la parcela del Parque de Miraflores prevista inicialmente para la construcción del Palacio de Congresos. La elección de ese solar se basaba, al margen de su proximidad con la zona  histórico-artístico de la ciudad, en un sugerente y complementario diálogo cultural a establecer con el futuro Museo de Bellas Artes (detrás de la Torre de la Calahorra) y el Palacio de Congresos de Rem Koolhas.
Resuelto el problema de la ubicación, quedaba por resolver el qué y el para qué de ese edificio, esto es, la naturaleza misma de un proyecto. Nadie sabía a qué atenerse. No había un plan de usos y funciones. Sólo vagas e imprecisas declaraciones a la prensa, como aquellas en las que la Delegada de la Consejería de Cultura, Mercedes Mudarra, aseguraba que el Centro sería “un equipamiento de grandes dimensiones, puesto que tiene que tener entre 7.000 y 8.000 metros contruídos”, aunque avanzando que “no se van a repetir modelos del ámbito español y el Centro de Arte Contemporáneo de Córdoba será específico en materia audiovisual. Será un Centro que resuelva muchas carencias que tiene Andalucía en este sentido”. El Caico se había convertido en el Cacc.   
4. Barco  (más o menos) a la vista
A finales de marzo de 2005 la Consejería de Cultura organizó en Córdoba el “Foro internacional de reflexión y debate. Un espacio para el nuevo arte” en el que invitó a participar a gestores y responsables de diversos centros culturales de Karlsruhe, Rotterdam y Ámsterdam y a varios artistas vinculados a la video creación, soporte sobre el que basculaba la actividad de los centros culturales invitados. Los ponentes desarrollaban sus conferencias con carácter público por la mañana en la sede de la Filmoteca de Andalucía y por las tardes celebraban mesas de trabajo en la Delegación de Cultura. En estas reuniones de tardes la asistencia se reservaba a los responsables de la propia Consejería y sólo dos de los miembros de la Comisión de expertos fueron invitados a asistir.
Los ponentes de este foro insistieron en la necesidad de que la actividad del Centro se concretara exclusivamente en el arte en la red, en el arte vinculado a las nuevas tecnologías. El Director general de Museos, Pablo Suárez, aseguró que esa misión pasaría a ser irrenunciable. El tema provocó un intenso debate entre numerosos artistas cordobeses, que apenas tuvo trascendencia pública.
Al fin sabíamos algo sobre los objetivos y finalidad del ahora denominado Centro de Creación Contemporánea de Córdoba (C4). Se aventuraba su contenido específico y contaba con ubicación definitiva, pues la parcela de Miraflores había sido solicitada formalmente al Ayuntamiento y éste era receptivo a su entrega.

Era el momento, por tanto, de proceder al nombramiento de un director o una directora para el C4, que terminara de ajustar sus fines concretos, redactara el plan de usos y realizara el seguimiento de todos los procesos que implicaba la redacción del proyecto del edificio y su construcción y puesta a punto. Era lo más razonable: poner al frente del proyecto a un profesional experimentado y solvente, como se hizo con el Museo Picasso de Málaga.
5. Y aquí está
Pero no. En septiembre de 2005 la Consejería de Cultura eligió cinco estudios de arquitectura a los que se invitó a participar en un concurso restringido para la redacción del proyecto del C4. A estos equipos se les exigió contar con experiencia profesional en la construcción de edificios museísticos, una condición que producía extrañeza teniendo en cuenta que, al parecer, lo único que estaba claro era que el C4 no iba a ser un museo.
Los invitados fueron el equipo formado por los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano (ganadores del concurso de Medina Az-hara), Coop Himmelblan, Zaha Hadid, Dominique Perraut y el equipo formado por los arquitectos sevillanos Antonio Cruz y Antonio Ortiz.
La parcela de Miraflores destinada al C4 disponía de 10.000 metros cuadrados, superficie que el proyecto ganador determinaría en que porcentaje usar. El Director general de Museos, Pablo Suárez, haciendo alarde de la generosidad habitual con la que los políticos españoles usan los recursos públicos, declaró que “el dinero no será una limitación”.
En marzo de 2007 se presentó el proyecto ganador que, como barruntaban algunos de los participantes en el concurso, correspondió al equipo Nieto-Sobejano. A partir de ese momento la Junta de Andalucía comenzó un largo periplo de agipprop, exhibiendo el proyecto (aún antes de comenzar las obras) en diversos foros (como la feria de arte madrileña ARCO) y numerosas revistas de arquitectura.   
Las obras comenzaron el 9 de septiembre de 2008 con la colocación de la primera piedra por parte de la consejera de cultura, Rosa Torres. La construcción fue otorgada a la empresa constructora FCC Construcción, SA. El plazo previsto para la conclusión de las obras era de 37 meses, con un presupuesto de 19,5 millones de euros. Finalmente, las obras concluyeron a finales de 2013, previéndose su apertura para el año 2015. Los costes finales ascendieron a 30 millones de euros, financiados mediante fondos Feder.
Una vez concluida su construcción, la apertura se retrasó debido a desacuerdos entre el Ayuntamiento y la Junta de Andalucía sobre quien debía urbanizar los accesos al recinto. Finalmente, el gobierno municipal cedió los terrenos circundantes a la Junta, encargándose ésta de construir los accesos.
El edificio dispone de 12.287 metros cuadrados distribuidos en cuatro plantas, incluyendo el sótano y la cubierta, y con una fachada mediática orientada hacia el río que a través de sistemas de iluminación y vídeo podrá proyectar imágenes.
La planta baja repite un modelo de sala hexagonal resuelta mediante tres tipos diferentes de espacios de 150, 90 y 60 metros cuadrados cada uno de ellos, comprimidos mediante paredes de hormigón armado. Cuenta con varias puertas de acceso, vestíbulo, área de control, taquillas, además del salón de actos conocido como la caja negra, que -en teoría- debería servir para actuaciones, performances y eventos multimedia. Los talleres de artistas se sitúan en la planta baja y los laboratorios en la planta superior, donde también se ubicaría la dirección, administración, laboratorios y diversos espacios complementarios. Estos espacios están en contigüidad con las salas expositivas, de manera que se eliminan las jerarquías espaciales: el taller puede servir como espacio expositivo y viceversa.
6. Empezar por el tejado
El proyecto empezó por el tejado. Ya había edificio. Pero nadie sabía qué era eso ni para qué serviría. Tampoco se sabía cuánto costaría equipar y dotar de personal, mantener y poner en funcionamiento un Centro que en la práctica no existía. Para colmo, un nuevo nombre saltó a los medios  de comunicación: Espacio Andaluz de Creación Contemporánea.

En enero 2013, el entonces presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, anunciaba que el gobierno andaluz convertiría el Centro en “el gran taller de la innovación cultural de Andalucía”. Griñán declaró asimismo que “en breve” se sacaría a concurso la dirección y gestión de este enorme complejo construido en la península de Miraflores. No hubo tal. Un año después, un nuevo Consejero de Cultura, Luciano Alonso, declaraba que el C4 estaría operativo  “a finales de este año” y que sería un centro de producción, investigación e exhibición de las propuestas más actuales de la creación artística contemporánea.
A estas alturas, estaba claro que la Junta de Andalucía no tenía discurso, es decir, no sabía qué hacer con este amplísimo edificio. Una carencia que diversos colectivos y asociaciones relacionadas con las artes plásticas y la imagen en Andalucía denunciaron desde que se planteó el proyecto.
Pero estas organizaciones no se quedaron en la mera denuncia. Propusieron  retomar el proceso desde el principio, estableciendo las bases de un espacio para la creación contemporánea en Andalucía transparente y participativo, y que tuviera en cuenta la opinión del sector. Reclamaron asimismo que se aplicara el documento de Buenas Prácticas en museos y centros de arte elaborado en 2007 por el Ministerio de Cultura, con el respaldo de todo el sector.  
7. Comité de expertos y participación
Doce años después de que Manuel Chaves anunciara la puesta en marcha del proyecto, en cuya gestión han intervenido tres consejeras y dos consejeros de Cultura, en noviembre de 2015 el Centro continua sin dirección, carece de programa de usos y funciones, y permanece cerrado. 

La nueva Consejera de Cultura, Rosa Aguilar, ha asegurado que su Consejería destinará 750.000 euros al Centro para garantizar su apertura en 2016, "una vez que concluya el trabajo que estamos desarrollando con diferentes colectivos para la definición de los objetivos y líneas principales del proyecto”.  Y cuando se le recuerda que el Centro no tiene asignada partida en el borrador de los presupuestos de la Junta de Andalucía para 2016, Aguilar se muestra categórica: “el C4 tendrá tanto presupuesto como necesite”. Y lo que necesite -añadió- vendrá determinado por lo que señale el comité de expertos que ha reunido la Junta de Andalucía para decidir cómo tiene que ser el modelo de gestión y explotación del C4, el Espacio Andaluz de Creación Contemporánea.
Participación y Comité de expertos. Estos son, para Rosa Aguilar, las condiciones básicas para resolver el problema. Queda por saber cómo y en qué medida se combinan esos factores, quiénes son los invitados a participar y qué representatividad les asiste, con qué criterios se ha elegido a los expertos, quiénes son tales expertos... Y que sea para bien, claro.

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Un pueblo inteligente

[Sócrates.-] "A mi modo de ver, los atenienses son, y también los demás griegos lo creen así, un pueblo inteligente. Ahora bien: cuando la Asamblea se reúne, veo que, si se trata de construcciones que hay que emprender, se llama a consulta a los arquitectos; si se trata de navíos, a los armadores, y así en todas las demás cosas que se considera que se pueden enseñar y aprender; y si cualquier otra persona que no esté considerada como técnica en la materia se mezcla en ello para dar su opinión, por muy rico, bello o noble que uno pueda ser, no por ello se le hace más caso, antes al contrario, es objeto de burlas y abucheos hasta que, al fin, nuestro consejero o bien se marcha por su propio pie o es arrancado de la tribuna y echado por los arqueros, a una orden de los prítanos. Esta es la forma en que la gente se conduce cuando la materia en discusión les parece exige un aprendizaje. Si, en cambio, se trata de los intereses generales de la ciudad, vemos que se levantan indistintamente para tomar la palabra arquitectos, herreros, curtidores, comerciantes y marinos, ricos y pobres, nobles y gentes del vulgo, y nadie les echa en cara, como en el caso anterior, que se presentan allí sin estudios previos, sin nunca haber tenido maestros, a dar algún consejo..." 
Platón: Protágoras o el sofista
                   



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Transparencia, participación, competencia y responsabilidad

Paul Klee
La larga, errática y costosa singladura del mayoritariamente conocido como C4 ha convertido al que, según José Antonio Griñán, iba a ser “el gran taller de la innovación cultural de Andalucía” en un ejemplo de cómo no deben hacerse las cosas.
Desde las sucesivos cambios de denominación, que revelan la falta de directrices y la carencia de un plan específico, hasta la triste imagen de soledad y abandono que transmite ese enorme edificio vacío y cerrado, el desarrollo del proyecto que puso en marcha Manuel Chaves en 2003, lejos de emular las buenas prácticas, es un cúmulo de errores y despropósitos, que no deja en buen lugar la competencia profesional de sus técnicos, el sentido de la responsabilidad política de sus gestores y la obligada cooperación de las instituciones.
Han pasado doce años, se han gastado más de treinta millones y la Junta de Andalucía no ha presentado una sola propuesta solvente sobre el proyecto ni sabe qué hacer con el edificio que idearon los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano sin el necesario plan de usos y funciones que debería haberle proporcionado quien les encargó el proyecto: la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
Lamentablemente, el del C4 no es un caso aislado. La falta de rigor en la elaboración de los proyectos y programas, el sistemático incremento del coste inicial de los equipamientos públicos, el afán monumental, que encarece considerablemente las inversiones, los injustificables retrasos en su ejecución, las notables carencias en los procesos de participación ciudadana, la ausencia de mecanismos de contraste y evaluación de los proyectos, la negligente impunidad con que se conducen no pocos responsables políticos..., aisladamente o en conjunto son motivos más que suficientes para cambiar en las Administraciones Públicas un sistema de gestión rutinario, ineficiente y costoso.
Peter Doig
Hay que impulsar y favorecer un cambio en la manera de administrar los recursos y el dinero público. Un cambio que, en nuestra opinión, ha de cumplir las siguientes condiciones:
  • Transparencia: las Administraciones Públicas garantizarán que los ciudadanos y ciudadanas puedan acceder a toda la información relacionada con proyectos y programas. Desde los responsables políticos hasta las personas que participan en la gestación, elabo-ración y desarrollo del proceso, pasando por el correspondiente presupuesto y los cambios que en su caso se produjeran.
  • Participación: las Administraciones Públicas establecerán los mecanismos y las condiciones necesarias para garantizar la participación los ciudadanos y ciudadanas en la selección, definición, seguimiento y evaluación de los proyectos y programas.
  • Competencia: las Administraciones Públicas establecerán los mecanismos y las condiciones necesarias para garantizar la competencia técnica y profesional de las personas que participen en la elaboración y realización de los proyectos y programas.
  • Responsabilidad: las Administraciones Públicas establecerán los mecanismos y las condiciones necesarias para garantizar que todas las personas que intervienen en la realización de los proyectos y programas cumplan sus obligaciones y respondan en su caso de sus acciones.
Las Administraciones Públicas establecerán asimismo los mecanismos y las condiciones necesarias para garantizar los principios de igualdad y solidaridad, el marco de derechos y obligaciones de la ciudadanía, así como la educación no formal, la investigación y la creatividad. Encartes21.

martes, 9 de junio de 2015

Memoria y deseo (Apuntes para un modelo de ciudad)



I

Las elecciones municipales del pasado 24 de mayo han servido, entre otras cosas, para confirmar el importante cambio que se está produciendo en el mapa político español con la irrupción de las agrupaciones y partidos emergentes, cuyos resultados electorales han tenido dos efectos inmediatos: la desaparición de las mayorías absolutas en buena parte de las grandes ciudades y el incremento del pluralismo político en los Ayuntamientos.
Ese pluralismo exigirá imaginación, rigor, esfuerzo y generosidad a los grupos políticos municipales, que tendrán que buscar coincidencias, puntos de encuentro, propósitos comunes para acordar programas que garanticen la estabilidad en el gobierno de la ciudad, porque son muchos y muy diversos los problemas que tienen que afrontar las nuevas corporaciones.
No lo tienen fácil los nuevos alcaldes y sus equipos de gobierno. Aún no hemos salido de la crisis y el futuro inmediato está marcado por la indeterminación, la incertidumbre, la acumulación de tensiones y contradicciones, cuyas consecuencias y cuyos costes, además de imprevisibles, son difícilmente cuantificables.
Sea como fuere, parece evidente que para salir de la crisis estructural que padecemos y encarar, esto es, construir el futuro no valen las políticas de siempre. Necesitamos otras formas y otros modos de hacer política y discursos capaces de ofrecer alternativas, de promover acciones, de alentar esperanzas. No estaría de más, en este sentido, plantearnos qué tipo de ciudad queremos, cómo queremos que sea la vida en la ciudad. Estos apuntes no son sino una breve y modesta contribución al debate sobre el modelo de ciudad. 


II

¿Qué es una ciudad? Responder a esta pregunta supone enfrentarse a la riquísima polisemia de un término que admite diversas definiciones, según la perspectiva o el criterio que adoptemos a la hora de ensayar una definición. A mí me resulta especialmente grata aquella que propone que una ciudad, más allá de la mera denotación geográfica, es un espacio en el que convergen las múltiples, diversas y complejas relaciones de las personas que la habitan.
1. Relaciones privadas, en el ámbito de una vivienda y en el entorno de una familia, un término que abarca una plural tipología, cuya función social se ha acrecentado notablemente en la situación de crisis actual.
2. Relaciones sociales, en los espacios públicos y en los servicios comunes, cuya existencia o carencia, mejor o peor calidad afectan decisivamente a esas relaciones e incorporan cuestiones tan relevantes en la sociedad en que vivimos como la integración o la exclusión social.
3. Relaciones económicas, en una dinámica cada vez más compleja, que integra producción, distribución y consumo, y que incorpora factores determinantes en el devenir de la ciudad: el mercado de trabajo, el desempleo, los nuevos hábitos de vida o las sinergias del urbanismo contemporáneo, que van más allá de la práctica más o menos especulativa o de la aparentemente -y sólo aparentemente- neutra planificación territorial.
4. Relaciones personales, centradas en el desarrollo individual. Desde la práctica deportiva a las actividades culturales, pasando por los nuevos modos del ocio. Aquí adquieren un protagonismo fundamental los procesos educativos, no sólo en el ámbito formal, en el marco reglado de la educación obligatoria, sino también y cada día más en los procesos educativos no formales y, sobre todo, en los informales. Recuérdese, en este sentido, el lugar preferente que en la sociedad actual ocupan los medios de comunicación de masas, especialmente la TV, o la relevancia comunicativa de la telefonía móvil y de las redes sociales.
5. Relaciones políticas, en su sentido estrictamente institucional, esto es, las dinámicas formales de participación ciudadana, cuyo valor y prestigio están cada vez más erosionados, no sólo por su excesiva institucionalización sino también y sobre todo por el descrédito de las propias instituciones. 
Estas relaciones, su conjunto, van tejiendo o destejiendo los valores que rigen, con mejor o peor fortuna, con mayor o menor aceptación, con más o menos congruencia, la vida ciudadana, en general, y la conducta de cada cual, en particular. Valores que, dicho sea de paso, no siempre se resuelven de modo semejante en la vida pública y en la privada. Conviene no olvidar, por otra parte, que quien le confiere sentido a estos procesos es el sujeto que los protagoniza, es decir, los ciudadanos y las ciudadanas.

III

Pero ese complejo entramado de relaciones y valores se resuelve no sólo en un espacio ciudadano: se imbrica a la vez en un proceso temporal, asimismo complejo y en modo alguno lineal. Una ciudad traduce en cada uno de sus procesos colectivos y aun en no pocas conductas individuales, un tiempo, una historia, un relato, que arraiga en el pasado y con desigual fortuna se proyecta en el futuro.
Todos los seres humanos y todas las sociedades -escribió Hobsbawm- tienen sus raíces en el pasado (el de su familia, el de su comunidad, su nación u otro grupo de referencia, incluso la memoria personal) y todos definen su posición en relación con él, positiva o negativamente. Para unos, el pasado orienta y legitima; para otros, puede convertirse en una carga y en un obstáculo.
Desde una actitud radicalmente crítica frente al pasado, Nietzsche sostenía en Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida que para vivir el hombre ha de tener la fuerza, y de vez en cuando utilizarla, de romper y disolver una parte de su pasado. Y añadía: "La excesiva atención al pasado convierte a los hombres en espectadores diletantes, destruye su instinto creativo, debilita su individualidad".
Hay ciudades en las que la costumbre y la desidia, la rutina y la ignorancia han ido tejiendo un complejo tapiz de evocaciones y recuerdos, que acaban confundiendo la memoria y ahogando los deseos. Ciudades que viven ancladas en el pasado. Un pasado que se acepta y venera sin condiciones y que se esgrime como argumento para neutralizar lo nuevo, para ahuyentar el futuro.
En ocasiones, Córdoba parece una de esas ciudades que sólo tienen pasado. Asediada por la recurrente retórica que alimentan los tópicos y perturba la memoria o por la estéril nostalgia de quienes no supieron desprenderse de un pasado tan deslumbrante como remoto, Córdoba es una de esas ciudades que han perseverado a lo largo de los siglos manteniendo una extraña continuidad en su devenir histórico.
Pero, si abandonamos aquella retórica, pasado y futuro (o memoria y deseo, la sugerente fórmula que Ítalo Calvino propone en Las ciudades invisibles) convergen en un presente desde el que no podemos sustraernos a una evidencia: vivimos en un mundo en el que, en lo que llamaré aquí provisionalmente contexto, en sus diversos planos y niveles, actúa decisivamente en el campo estrictamente analítico y, por consiguiente, en la formulación de estrategias y en la toma de decisiones. Apuntaré a continuación algunos de los aspectos más relevantes de ese contexto.

IV

En primer lugar, la globalización de los procesos productivos, de la organización del consumo y de la movilidad de capitales, personas y bienes. Procesos cuyo correlato más evidente es la descentralización, que afectan a la economía y subsidiariamente a la política, y que influyen decisivamente en la vida ciudadana, allí donde lo global y lo local se encuentran ineludiblemente interconectados, gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
Estar o no en esta nueva estructura global, adoptar una u otra posición en el terreno de juego, una u otra opción estratégica, es decisivo para el proyecto que quiere otorgarse a sí misma la ciudad. ¿Qué lugar puede y quiere ocupar Córdoba en ese contexto?
El malestar urbano es el segundo de los factores sobre el que quiero llamar la atención. En nuestras ciudades se manifiestan diariamente una serie de tendencias negativas que contribuyen frecuentemente al desaliento: las aglomeraciones y la congestión del tráfico, las deficiencias del transporte público, la contaminación atmosférica y acústica, la degradación de espacios públicos, el precio del suelo y la escasez de la vivienda, los desequilibrios cada vez más acentuados entre zonas residenciales y zonas marginadas..., que unidos a la anomia, la soledad, la inseguridad, la agresividad o la insolidaridad, son factores que contribuyen al deterioro de la calidad de vida urbana. Ante esta situación hay quienes entonan el miserere bucólico, olvidando tal vez que sólo en la ciudad, concebida como lugar de encuentro y de diálogo, pueden afrontarse las sinergias que resuelvan esas tensiones.
Por otra parte, en las últimas décadas estamos asistiendo a un proceso intergeneracional de cambio de valores que está transformando los comportamientos sociopolíticos y los hábitos culturales. Los modelos ideológicos de antaño parecen haber entrado en crisis, sustituidos paulatinamente, de un lado, por el pluralismo y la diversidad (que generan nuevas tensiones y conflictos) y, por otro, por la irrupción decisiva de nuevos movimientos sociales. Qué relevancia adquieren estos fenómenos en la experiencia cotidiana de la ciudad, es una pregunta que no deberíamos ignorar. Como no deberíamos ignorar tampoco, a la hora de realizar los análisis y ensayar las respuestas, los efectos de los cambios tecnológicos o el impacto de la sugestión mediática en la vida cotidiana.



El marco jurídico competencial es otro de los factores que hay que tener  en cuenta a la hora de trazar un modelo de ciudad. Como es sabido, desde el punto de vista municipal, el proceso de descentralización que se pone en marcha con la Constitución de 1978 ha sido asimétrico e insuficiente. La construcción del Estado de las Autonomías ha dejado en un segundo plano a la Administración local, soslayando el anacronismo institucional de las Diputaciones y, lo que es más importante, aplazando sine die la definición del marco jurídico de los Ayuntamientos (competencias y funciones, obligaciones y recursos) en la nueva organización del Estado.
Como institución más cercana al ciudadano, un Ayuntamiento se enfrenta a diario a la presión creciente de lo cotidiano e inmediato, esto es, a unas demandas cada vez más crecientes y diversificadas. Independientemente de que sea o no competente en ello, es decir, que haya recibido o no la correspondiente transferencia de recursos, el Ayuntamiento ha de tener , si no soluciones, respuestas para todo y para todos. Cómo se jerarquizan, cómo se satisfacen y cómo se financian estas demandas -teniendo en cuenta la situación financiera de los Ayuntamientos- son tres cuestiones ineludibles en el diseño y en el gobierno de la ciudad.
Ante el reto del incremento y de la complejidad de sus funciones, los ayuntamientos deberían plantear tres reclamaciones básicas: a) un nuevo marco competencial, que vertebre la relación con la Comunidad Autónoma y con el Estado; b) un nuevo modelo de financiación y gestión, que garantice el buen uso de los servicios y prestaciones municipales; c) una reforma del sistema electoral que impulse una mayor participación de la ciudadanía en la definición y desarrollo de las políticas y los programas municipales.
Para terminar, apuntaré los  elementos que, en mi opinión, deben articular un modelo de ciudad: la planificación urbana; un plan de Infraestructuras y Equipamientos; los programas relacionados con los hábitos culturales y las dinámicas socioeducativas; los mecanismos de participación ciudadana; las políticas socioeconómicas relacionadas con el desempleo, la economía sumergida, los agentes y sectores económicos; la imagen y proyección exterior de la ciudad; la cooperación institucional, la eficiencia y transparencia de la gestión municipal.
Pedro Roso